viernes, 17 de octubre de 2014

La novela que me hizo llorar por unos asesinos


Debería haberlo leído antes, mucho antes. 'A sangre fría', posiblemente la obra más famosa de Truman Capote, me ha dejado sin palabras. Es uno de los símbolos del periodismo, de la corriente que se conoce como Nuevo Periodismo, un extensísimo reportaje construido gracias a la impecable labor de investigación y documentación de Capote. Sin embargo, aunque la trama (el terrible asesinato de la familia Clutter en un pueblecito de Kansas por dos criminales cegados por la codicia, Richard Hickock y Perry Smith) es real, en todo momento parece que estás leyendo una apasionante historia policíaca de ficción. Capote narra la realidad de una forma totalmente novedosa, utilizando técnicas más propias de los grandes clásicos de la Literatura. 'A sangre fría' es un libro en el que las detalladas y exquisitas descripciones permiten que el lector saboree cada paisaje, cada acontecimiento, cada interior de los personajes. Es una novela para disfrutar. Pero, sobre todo, es una obra que sorprende.


Escena de 'A sangre fría' (1967), película basada en la novela homónima de Truman Capote

Imaginaos la situación: dos repugnantes individuos que quieren hacer fortuna, asaltan la casa de la amable y querida familia Clutter, amordazando y asesinando a tiros a los cuatro miembros de la familia que se encontraban en la vivienda. Incluso, le arrebatan la vida a Nancy Clutter, una muchacha de apenas 16 años. Horrible, ¿verdad? Está claro que lo es, al igual que está claro que no es difícil odiar a los criminales, que consiguen escapar de la justicia durante un tiempo. Cuando por fin son capturados, el deseo más común es el de la venganza. Y muchos amigos de la familia Clutter se dieron por satisfechos cuando los asesinos fueron condenados a muerte. Sin embargo, Truman Capote consigue gracias a su pluma algo extraordinario: que el lector empatice con los culpables, con los antagonistas, con los asesinos. Al comenzar el libro, mi mayor deseo era que tanto Dick como Perry pagaran por lo que le hicieron a la pobre e inocente familia Clutter, pero a medida que avanza la novela y el autor va desnudando a los criminales, mostrando aspectos ocultos de su vida y personalidad, hay algo que cambia. Por supuesto que sé que las víctimas son los Clutter y no ellos, pero no puedo evitar mirarlos de un modo distinto. No puedo evitar emocionarme ante algunos episodios de la trágica vida de Perry o de la atormentada personalidad de Dick. Por supuesto que nada de esto justifica el sangriento crimen, pero lo que quiero destacar es que Capote consigue que los lectores nos pongamos en la piel de todas las partes, de todas las versiones. Y es solo así como comprenderemos la historia en su totalidad. Además, la obra hace reflexionar sobre una de las cuestiones más polémicas, sobre todo en Estados Unidos: la pena de muerte. Creo que el autor se posiciona claramente en contra, pues hace mucha incidencia en los sentimientos de Dick y Perry cuando el juez anuncia que son condenados a la horca: horror, agobio, desesperación, indignación, tristeza y resignación. Y creo que, incluso las personas que todavía apoyen esta práctica que sigue aplicándose en muchas zonas del mundo (y que para mí es una barbaridad), sienten compasión por ellos. Incluso puede que, como yo, derramen alguna lágrima por ellos. Y es una sensación rara, porque al fin y al cabo son unos asesinos que han destrozado a una pobre familia. Pero Capote hace que observemos incluso a los individuos más malvados como seres humanos y como personas. Y todo esto con pluma y papel.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Y entonces llegó 'Boyhood'


Si la semana pasada os hablaba del referéndum de Escocia, ahora la protagonista es Cataluña (o, mejor dicho, un Artur Mas obcecado en saltarse la Ley para alcanzar una independencia que no desean todos los catalanes). Lo cierto es que con unos líderes tan incompetentes tanto en Cataluña como en el Gobierno central, uno puede acabar saturado. El domingo es un día perfecto para desconectar y yo lo he hecho con un poco de cine. En esta ocasión, la elegida ha sido 'Boyhood' de Richard Linklater, una película recién estrenada pero con más de 10 años de rodaje a sus espaldas.

                                 

Lo más novedoso y llamativo de este proyecto es que, en los 12 años de grabación, se han mantenido los mismos actores. Las cámaras han podido captar el crecimiento real del protagonista, Mason (Ellar Coltrane), pero también el del resto de personajes como sus padres, interpretados por Ethan Hawke y Patricia Arquette.

Si tuviera que definir 'Boyhood' con una palabra, no lo dudaría: real. Y es que la historia no tiene grandes giros, sino que es cotidiana y real como la vida misma. Esto hace que el espectador se sienta identificado en muchos momentos y que reflexione sobre el paso del tiempo, sobre las relaciones humanas, sobre el presente y sobre el futuro. Y, además, tiene puntos muy divertidos porque los personajes son sencillos y carismáticos.

                             

Aunque la película es larga (165 minutos aproximadamente), el ritmo es ágil y no sobra ni una sola escena. El trabajo de realización es impresionante y la calidad de la imagen se mantiene durante toda la película, a pesar de que años atrás las tecnologías no estaban tan avanzadas. Además, la película está plagada de detalles curiosos que reflejan el paso del tiempo: la evolución de las videoconsolas (desde la Game Boy color hasta la Wii), la música, el cine, etc. En definitiva, 'Boyhood' es un film muy humano que, gracias a un trabajo excepcional y al compromiso por parte de los actores, refleja a la perfección las distintas etapas de una vida. Una vida que cada uno vivimos a nuestra manera, pero que todos tenemos que enfrentarnos a ella tarde o temprano.

                             



domingo, 21 de septiembre de 2014

Escocia al ritmo de The Doors


El verano se ha acabado, hemos vuelto a la rutina y, aunque últimamente estoy bastante despistada, también me siento más motivada para leer, escribir y hacer cosas en general. Por eso, me he propuesto actualizar más a menudo este blog, una criatura a la que tengo bastante abandonada. Intentaré escribir cada domingo -porque es un día que suele hacernos bastante de rabiar- sobre lo más destacado de la semana o sobre cualquier cosa que me haya llamado la atención.

Es increíble como vemos pasar ante nuestros ojos acontecimientos históricos sin apenas darnos cuenta. Esta misma semana, los escoceses han votado 'No' en el referéndum celebrado para decidir si se independizaban o no de Reino Unido. La tensión ha permanecido hasta el último momento, y la verdad es que los partidarios de la independencia tampoco están tan lejos de sus detractores -un 44,7% frente al vencedor 55,3%-. Desde mi punto de vista, esto es lo mejor que le ha podido pasar a Escocia. Separarse de Reino Unido hubiera sido un tremendo error con graves consecuencias económicas, como mínimo. Me entristece ver como algunas personas creen que separarse de sus vecinos reforzará su identidad como pueblo. Escocia es un lugar maravilloso con personas maravillosas, al igual que Inglaterra o Gales, y el hecho de que estén unidos no va a cambiar eso. Y sí, esto lo aplico también a Cataluña. No sirve de nada crear instituciones como la Unión Europea si muchos de sus integrantes están contaminados por algo tan dañino como el nacionalismo. Las divisiones son absurdas y no hacen más que separarnos a los ciudadanos del mundo cada vez más. Pero, claro está, esto es simplemente mi punto de vista.

Debates aparte, me gustaría compartir este artículo de Phil Bennet fundamental para entender la crisis que asfixia a España y que parece resistirse a marcharse. Fue escrito en el 2010, pero es de esos artículos que nunca mueren, no solo por cómo está escrito, sino por las historias y personajes que lo convierten en algo vivo, persistente, inmortal. Utilizando al pueblo manchego de Villacañas como referencia, el periodista estadounidense explica la crisis de nuestro país vista por sus ojos extranjeros y curiosos.

Y como nunca viene mal algo de música, disfrutad conmigo de la voz de Jim Morrison en 'Riders on the storm', canción que quizá muchos conocéis, entre otras cosas, por aparecer en el videojuego 'Need for speed'. Con canciones así, es imposible no lamentarse -otra vez- por la temprana pérdida de genios como Morrison, Kurt Cobain o Jimi Hendrix (quizá os interese La maldición del club de los 27). Por suerte, siempre nos quedará su música.

                                 

domingo, 24 de agosto de 2014

Sobre cubos de agua y doble moral


Seguro que muchos de vosotros conocéis la enfermedad ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). Seguro que sabéis que es una enfermedad que provoca parálisis muscular y que cada vez va a peor. Y que puede desembocar en la muerte. Y que la sufren muchas personas. Pero, realmente, ¿desde cuándo lo sabéis? Porque al menos yo, he conocido esta enfermedad hace un par de semanas. Bueno, sabía que Stephen Hawking (el paciente más "famoso" de ELA) estaba muy enfermo, pero no que era uno de los afectados de estas temidas siglas. Y he sabido y sentido curiosidad por esta enfermedad al ver a una serie de personas que se echaban cubos de agua helada en la cabeza. ¡Cubos de agua! Menuda chorrada, ¿no? Y encima se graban y lo suben a Internet. ¿Para qué? Pues, entre otras cosas, para que personas como yo que no teníamos ni idea de esta enfermedad, nos percatáramos de su existencia y, sobre todo, nos sensibilizáramos con los seres humanos que la sufren.

Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones de esta campaña viral (conocida como Ice Bucket Challenge) que pretende recaudar donaciones para las asociaciones que trabajan con personas que padecen ELA y concienciar a la sociedad, ha sido muy criticada. Y cada uno es libre de criticar lo que quiera, yo también soy libre de criticar a los que critican. Sobre todo a esos que parece que no hacen otra cosa que criticar. A esos que utilizan las redes sociales solo para quejarse y para transmitir negatividad. La principal objeción es la siguiente: "En vez de tanto cubo de agua para quedar de buena persona en Internet, dona dinero". Bien, eso es cierto. El objetivo principal es donar. Pero, ¿qué saben todos esos listillos de Twitter si esa persona que se echa encima un cubo de agua (entre los que destacan famosos como David Beckham, Lewis Hamilton e, incluso, Bill Gates) ha donado? De hecho, se supone que en eso consiste el reto, en "mojarse" por los enfermos del ELA, hacer una donación y "nominar" a otras personas para que el desafío se extienda. Y sí, puede que haya famosos que acepten el reto y suban el vídeo por "postureo" y nunca sabremos si han llegado a donar o no, pero lo que está claro es que el hecho de que Justin Bieber se grabe echándose un cubo de agua encima no va a hacer daño a nadie. Porque lo que haga Justin Bieber, Shakira o Cristiano Ronaldo se hace viral. Interesa a mucha gente, ya sea porque nos guste ese personaje famoso o porque le repudiemos. Pero la cuestión es que la gente lo ve. Y si la gente ve esos vídeos, conocerá la enfermedad. Puede que busque información acerca de ella o puede que no, pero al menos ha pensado durante unos segundos sobre esa enfermedad y sobre las personas que la tienen. Y creo que esta campaña mundial gratuita no hace daño a nadie. E incrementa las donaciones por narices. Y ayuda a hacer visible un problema. Ayuda a personas.



El problema es que hay mucha gente que parece que disfruta criticando cualquier iniciativa que intente cambiar algo. Pesimistas que creen que nada se puede hacer por mejorar el mundo, aunque solo sea un poco. Y lo gracioso es que muchas de esas personas que critican a los famosos que hacen este reto supuestamente por "dar una buena imagen", muchas veces son los mismos que comparten fotos en Facebook de perros magullados o niños entubados (fotos muy desagradables e innecesarias) con el propósito de conseguir likes y de parecer solidarios. Un like no va a ayudar a un bebé con problemas de corazón ni va a curar las heridas de un perro maltratado. Un compromiso por parte de la sociedad para dar a conocer una enfermedad de una forma agradable y simpática, sí. Así que basta ya de dar lecciones de doble moral. Cada uno se compromete con una causa como desea. ¿Qué más os da que sea con un cubo de agua helada? Al menos ya se ha dado un paso más. Al menos ya se está haciendo algo. Y sinceramente, ojalá surjan más campañas de este tipo. Ojalá a los famosos les de por tirarse cubos de pintura o por ponerse camisetas de un color determinado para concienciar sobre el cáncer. O sobre el maltrato animal. O sobre la violencia de género. O sobre el Síndrome de Asperger. Y a quién no le guste, que no mire.

miércoles, 18 de junio de 2014

El relevo


Esta tarde, Juan Carlos I (Juancar en su versión "campechana") ha firmado su abdicación y, así, se ha despedido de la España que ha dirigido durante 39 intensos años de reinado. Con un abrazo y ojos velados por las lágrimas, el monarca que se hizo famoso por su "¿Por qué no te callas?", ha cedido su asiento a Felipe y, de esta forma, también el trono. Es el turno de Felipe VI, del que dicen que es el príncipe más preparado y que seguirá (e incluso mejorará) el camino de su padre. Juan Carlos se marcha en un momento en el que la monarquía como institución está más debilitada que nunca, pero también en un momento en el que los españoles necesitan esa fuerza de unión que su voz y templanza  han aportado y que ahora está en manos de su hijo. A pesar de sus fallos, Juan Carlos ha sido uno de los símbolos más importantes de España y ha tenido la carisma de la que carecen muchos políticos y gobernantes. Hay gente que le adora y otra que no, al igual que en España coexisten (¿o conviven?) monárquicos y republicanos. Sea como sea, e independientemente de la ideología/preferencia/color, no cabe duda de que estamos viviendo días históricos. En nuestra retina permanecerá durante muchos años la escena del Juan Carlos emocionado que firmaba su abdicación con manos temblorosas. Mañana, el día de la coronación de Felipe, también será una fecha para recordar. Sin embargo, tampoco se nos borrarán de la memoria las imágenes de un Madrid (y una España) cada vez más llena de mendigos, desahuciados y niños desnutridos. Eso también es España y  es todo un reto para Felipe, que deberá luchar para hacer que estas últimas imágenes sean las que menos se repitan.


                                  

jueves, 17 de abril de 2014

Gabriel García Márquez, una inspiración

Últimamente, muere mucha gente. Eso parece, ¿no? Políticos, actores, cantantes, modelos... Ya sea por la heroína, por la vejez o "por causas desconocidas", los titulares de la prensa están plagados de nombres de personas conocidas que nos dejan. Twitter, Facebook y las redes sociales en general, se vuelcan con estos famosos que se marchan. Los medios elaboran reportajes especiales sobre sus vidas y galerías fotográficas "de recuerdo". Es cierto que no conocemos a estas "celebridades" personalmente, pero sentimos pena por los familiares y parece que nos cuesta creer que esos rostros conocidos de la televisión se marchen para siempre. Sin embargo, de todos estos titulares, de todas estas pérdidas, hay una que ha caído sobre mí como una losa: Gabo. Sabía que era un hombre anciano con una extensa carrera y una larga vida a sus espaldas e, incluso, sabía que su estado de salud no era el mejor. Pero, aun así, he tenido que ver un maldito titular para creérmelo, para darme cuenta de que este genio ya no está. He tenido que toparme con la maldita noticia para darme cuenta, con tristeza, de que, a partir de este momento, su nombre figurará en las efemérides como uno más. Quizá no tenga mucho sentido que enumere sus obras, sus libros, sus premios y sus logros. Todos los conocemos y los periódicos ya nos lo mostrarán mañana (los digitales, la radio y la televisión ya lo hacen). Lo que sí tiene sentido es explicaros por qué este caballero ha tenido sentido para mí. Ya no es solo que adorara su estilo y su forma de contar la realidad, haciéndola más bella con cada roce de su pluma. No, no es solo eso. Ni siquiera lo más importante es que fuera un buen escritor y un gran periodista. Simplemente, era un hombre inspirador. Su mirada, a veces escondida tras las pequeñas lentes, no necesitaba palabras. Me hizo creer en el periodismo, una profesión de la que muy pocos se han atrevido a hablar con optimismo y con pasión. Para mí, García Márquez era eso, pasión. Él decía que el periodismo era el mejor oficio del mundo, y yo le creí. Cuando leía noticias sobre la caída de ventas de los periódicos, sobre EREs en diversos medios, sobre las terribles condiciones de muchos becarios, sobre la pérdida de credibilidad de los profesionales del periodismo, sobre periodistas secuestrados y asesinados en conflictos armados... él estaba ahí. Sus palabras y su labor me demostraban que merece la pena seguir luchando por la profesión que amas. No importa que te digan que "las cosas están muy mal" si de verdad quieres dedicarte a ello. Él era vocación, ilusión e inspiración. Mi inspiración. Sé que su marcha era inevitable, pero no puedo evitar que me duela casi como si lo conociera personalmente. Solo puedo decirle "gracias". Gracias, Gabo. Gracias por tu inspiración y por hacerme creer en las causas perdidas. 

                                      

jueves, 19 de diciembre de 2013

"The Bang Bang Club", el poder de la fotografía

La fotografía y el cine protagonizan una unión perfecta y es que... ¿acaso el cine no es una composición de fotogramas? Por ello, muchas películas han reflexionado sobre el papel de la fotografía y de los fotógrafos, esos héroes capaces de inmortalizar un momento y parar el tiempo... “The Bang Bang Club” es un film canadiense dirigido por Steven Silver basado en el libro homónimo de dos fotoperiodistas famosos, Greg Marinovich y Joao Silva. La película muestra el inicio y desarrollo de The Bang Bang Club, un grupo de fotógrafos formado en los años 90 que cubrieron la lucha contra el apartheid en Sudáfrica, realizando icónicas fotografías (algunas ganadoras de premios Pulitzer). El grupo de jóvenes fotógrafos estaba compuesto por Kevin Carter, Ken Oosterbroek y los propios Greg Marinovich y Joao Silva.

                                     


El perfil del fotógrafo: reportero de guerra La fotografía y, sobre todo, el fotógrafo, cobran un papel protagonista en “The Bang Bang Club”. De hecho, el eje principal de la película es la actividad de los fotógrafos en grupo y sus logros individuales, centrándose sobre todo en las figuras de Kevin Carter (polémico fotoperiodista cuyo nombre es de los más conocidos) y Greg Marinovich (fotógrafo freelance que constituye la última incorporación al grupo). Sin duda, el perfil visto en clase que podemos identificar en la película es el del reportero de guerra, un fotógrafo que, independientemente de que trabaje por su cuenta o para una agencia, retrata la realidad desde un punto de vista muy vivo y humano, destacando detalles impactantes y situándose en primera línea de batalla para conseguir las instantáneas más impresionantes y que reflejen con más viveza el hecho.

Un tema llamativo es el valor de la
pertenencia a un grupo también en el ámbito fotográfico. El film muestra cómo los componentes de The Bang Bang Club se ayudan entre sí, tanto para localizar buenas tomas como en temas más personales (por ejemplo, cuando Kevin atraviesa una crisis con las drogas, sus compañeros no dudan en prestarle dinero e, incluso, Ken le cede algunas fotografías). Además, en conflictos bélicos un fotógrafo se siente más protegido y amparado si acude al lugar de los hechos acompañado de compañeros con los mismos objetivos y aspiraciones, pudiendo esquivar más fácilmente el peligro sin por ello ver mermada su imparcialidad o su visión personal de las fotografías (y es que, los “periodistas empotrados” o embedded journalists que acuden a las batallas protegidos por soldados, a veces pueden ser influenciados por ellos y/o su Gobierno para representar los hechos de una manera u otra).

Respecto a la reflexión sobre la importancia del grupo para los fotógrafos protagonistas, son interesantes las declaraciones de Kevin Carter en una entrevista radiofónica al inicio de la película. Para él,
TBBC es casi como una broma (de hecho, en la cinta se puede ver que ellos no planean formar un grupo, sino que es algo que surge), pero que es importante en cuanto al poder y a la seguridad de ir en grupo. Reconoce que, a pesar de la colaboración, siempre hay cierta competitividad entre ellos para conseguir la mejor toma. Y esto, sin duda, puede ser también algo bueno que fomente el esfuerzo y la innovación en cada uno de ellos.

Otro punto interesante respecto a lo que el fotógrafo se refiere es el rechazo a la palabra
paparazzo. La película retrata de forma fiel cómo los fotógrafos protagonistas no quieren que se les vea como personas que entran de forma intrusiva en la vida de los demás, sino como héroes o más bien como personas que cumplen la labor social de mostrar el mundo y sus desgracias. En una escena concreta, un periodista les cuenta a los cuatro fotógrafos que desea hacer un reportaje sobre ellos, titulándolo como “The Bang Bang Paparazzi”. Esto no hace otra cosa que enfadarlos, sobre todo a Joao, por lo que el periodista cambia el título a “The Bang Bang Club” y así queda bautizada la unión de los fotógrafos.

Otro de los aspectos presentes es el poder del fotógrafo. Aunque ya analizaremos más adelante las consecuencias que puede desencadenar una impactante fotografía, cabe destacar que
en la guerra no hay mejor arma que una cámara. Y es que, como expresa Marinovich, su forma de luchar no es con armas de fuego, sino plasmando el sufrimiento humano para así intentar concienciar al resto del mundo. Por eso, a veces mantiene la cabeza fría y toma fotografías a escenas violentas (aunque hay que decir que Marinovich es de los pocos que a veces interviene físicamente para defender a agredidos). Sea como sea, la implicación del fotógrafo en los temas es enorme, al igual que su labor, aunque no siempre sea comprendida. Por eso, cuando por ejemplo muere Ken, el propio Nelson Mandela muestra sus condolencias, lo que demuestra que el fotógrafo puede convertirse en protagonista de toda una guerra. Fotografías icónicas: el poder de la imagen Además de representar a la perfección el perfil del reportero de guerra, la película muestra cómo se realizaron algunas tomas icónicas de la Historia de la fotografía.
- Kevin Oosterbroek en plena acción  (Por Kevin Carter)
Esta imagen es el claro símbolo del fotógrafo como protagonista. Como decíamos antes, el reportero no es solo una persona que se esconde tras el objetivo y se limita a pulsar un botón, sino que de él depende el efecto que cause la fotografía. Es importante que un reportero de guerra tenga conocimiento del país en el que está y de su sociedad, así como una sensibilidad especial. Con estos atributos se consiguen fotografías distintas y auténticas.

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Asesinato a un supuesto espía Zulu (Por Greg Marinovich)
Esta es la fotografía más conocida de la serie que representaba los confictos internos de Sudáfrica de la mano de Greg Marinovich. Fue tomada en 1991 y obtuvo el prestigioso premio Pulitzer. Tanto la realización de la imagen como su reconocimiento con el galardón crearon todo un conflicto interno en Marinovich, pues era la prueba de un crimen y tenía una carga violenta terrible. La imagen hace hincapié en dos aspectos: por un lado, la exposición al peligro por parte del fotógrafo de guerra (en la película, los asesinos amenazan al propio Marinovich por acercarse y tomar fotos) y, por otro, la sangre fría que debe poseer toda aquella persona que se dedique a este oficio para presentar injusticias y atreverse a retratarlas.

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El niño y el buitre (Por Kevin Carter)
Posiblemente, esta es la fotografía más famosa que aparece en la película. Casi por casualidad, Kevin Carter se fija en el niño famélico (en la película dicen que es una niña, pero algunos reportajes apuntan que fue un varón llamado Kong Nyong que logró sobrevivir) y decide fotografiarlo. Sin embargo, se da cuenta del detalle del buitre de detrás, que está acechando al desgraciado muchacho. Por la enorme carga simbólica, Carter decide incluir al ave en el encuadre, y seguramente ese detalle fuera el que le dio el premio Pulitzer de 1994. Aunque Carter cumple la función de generar impacto y visibilizar la hambruna y la pobreza en el continente africano, muchos periodistas y ciudadanos le juzgan por no haber ayudado al crío. Al igual que en el caso de Marinovich, Carter sufre un conflicto interno que le hace replantearse cuál es su verdadera función, si ser testigo de los hechos y atreverse a mostrarlos o intervenir aún más. Esta presión por parte de la opinión pública sumada a su adicción a las drogas hacen que se suicide poco tiempo después.
Reflexiones y lecciones Aunque a lo largo del análisis hemos extraído algunas enseñanzas de la película, las detallaremos en cuatro claves:

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El fotógrafo (y la fotografía) son testigos y tienen poder en la Historia. Dicen que “ojos que no ven, corazón que no siente”, y es verdad. Los fotógrafos son los que acceden al lugar de los hechos y tienen un gran poder (y deber) en sus manos: retratar lo que ven y conseguir que llegue al mundo. De esta forma, es cómo se inmortalizan los momentos más importantes de la Historia (conflictos bélicos, atentados, manifestaciones, Elecciones, etc.).

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El fotógrafo debe conocer lo que retrata. Una fotografía no vale nada sin su contexto. Es fundamental que el fotógrafo no se limite a disparar el flash, sino que se adentre en las historias para atreverse a contarlas. Aparte de la documentación previa, el fotógrafo debe conocer a los protagonistas del hecho y hacer un ejercicio de empatía. En definitiva, el fotógrafo debe ganarse la confianza de los protagonistas.

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Hay que contar nuevas historias. Enviar corresponsales de guerra y fotógrafos a territorio internacional es costoso, tanto económicamente como psicológicamente para los profesionales y sus familias. Por ello, merece la pena aprovechar el traslado, y más teniendo en cuenta el riesgo al que están expuestos. El fotógrafo no debe quedarse con el discurso de la opinión pública, los grandes medios o el Gobierno sobre un acontecimiento, sino que tiene que conocer y representar distintas versiones, historias diferentes. En el film, Marinovich quiere contar la versión de los Inkatha, a diferencia de otros periodistas que se centran en el otro bando. Esto enriquece la información disponible sobre un hecho, aportando nuevas perspectivas.

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¿La ética entiende de colores? Quizá, esta reflexión no aparezca de forma muy explícita en la película, pero aun así está presente. En un momento dado, Marinovich no duda en fotografiar el cadáver de un compañero negro. De la misma forma que tampoco titubea al retratar el brutal asesinato del hombre negro quemado vivo. Algo similar sucede con Kevin Carter y la instantánea del niño y el buitre. Pero, ¿sucedería lo mismo si se tratara de una guerra entre blancos? ¿Se mostrarían sin pudor los cadáveres de niños blancos y los asesinatos a sangre fría? Aunque los fotógrafos han de retratar la realidad, siempre deben regirse por unos criterios éticos, sobre todo en cuanto a menores se refieren. Sin embargo, a veces la raza o la nacionalidad son factores que influyen. De la misma forma, la actitud del público no es la misma dependiendo de los protagonistas de las fotografías. ¿Qué hace grande la fotografía? Esta es la pregunta con la que se inicia la película. Kevin Carter duda. Mira a su alrededor, al pulcro estudio de radio. Y, finalmente, responde. Para él, lo que hace grande a una fotografía es que consiga hacer pensar. Afirma que no es solo un espectáculo, sino que tiene que motivar una respuesta y hacer reflexionar. Podríamos decir que Carter se refiere a la función social implícita en todo reportero de guerra de conseguir concienciar a la sociedad sobre un hecho por medio de una imagen. Kevin reconoce que un fotógrafo ve muchas cosas malas y que lo que desea hacer en el momento es intervenir, ayudar. Y, precisamente, consigue ayudar tomando la foto, atreviéndose a contar una historia siendo consciente de que habrá gente a la que le desagradará. Y es que, en un par de frases, Kevin logra resumir uno de los peligros más terribles a los que se enfrentan los fotógrafos: la incomprensión.